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| La Frontera con el Fin del Mundo |
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| Victoria Selma Penalva |
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Yo tenía que ir en un autobús rumbo a Vigo, yo debía coger en siete horas un avión con dirección Londres, yo me había planeado unas vacaciones perfectas en una ciudad ideal llena de gente y capital mundial ¿Cómo había terminado perdida en Finisterre con un coche de alquiler con más años que yo? Ésta es una historia muy larga que ya contaré en otra ocasión.
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Los piquetes no me dejaban seguir con mi camino, maldita huelga y maldito carburante, y encima iba a durar por lo menos tres días ¡Tres días! ¿Y mi avión? ¿Y mi hotel? ¿Y mis vacaciones de ensueño? Tres días...
La bruma lo envolvía todo en humedad, y le daba un aspecto al camino hacia la costa de cuento de hadas. “Costa de la Muerte”, no había otro sitio mejor para perderme sola. A mi alrededor sólo rocas, mar y unas cuantas casitas costeras.
Lo que antes era una imagen borrosa en la lejanía adquiría nitidez con cada paso que daba. En el camino se veían coches aparcados, no era yo la única extraña en el lugar, y por fin vi la hospedería de la que me había hablado el simpático señor del piquete, y en la puerta una anciana que me miraba atentamente:
-Hola ¿trabaja usted aquí?
-Hola “moza”, no, no trabajo aquí, vivo aquí.
-Ah perdone, es que me habían dicho que aquí podría encontrar una habitación para unos días.
-Claro “pequeña” ¿para cuántos días?
-Espero que pocos, en cuanto pueda tengo que llegar a Vigo a coger el primer avión rumbo a Londres.
-¿Tanta “présa” (prisa) tienes?
-Tengo mucha la verdad, yo no debería estar aquí.
-(Risas) Ay “moza” todos estamos en algún sitio por alguna razón, ya lo irás “descubrindo” poco a poco. Ten la número “dous”, es agradable, te gustará.
-Gracias.
La habitación era pequeña pero muy acogedora, de pronto llegó a mis sentidos un maravilloso olor a pescado. Fui al salón acondicionado como restaurante y pedí el pescado más rico que había probado nunca, bacalao con manzanas al horno, y me lo comí tranquilamente mientras ojeaba una guía turística de la zona.
Tanto tiempo escuchando el nombre de Finisterre y no había caído en la cuenta de que tenía un claro significado: el Fin de la Tierra. Cuenta la leyenda que Décimo Junio Bruto, general romano, al contemplar como el Sol se derrumbaba en el Mar Tenebroso, llamó a este lugar “Fines Terrae” al considerarlo la frontera con el océano infinito y al monte desde el que lo contempló “Ara Solis”. Hoy se desconoce cuál es ese monte, pero muchos lo identifican con el del Cabo de Finisterre.

Vistas de Finisterre.
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De postre queso con frutas y miel, estaba delicioso (seguía atenta a mi guía). La Costa de la Muerte se extiende desde las Islas Sisargas hasta el Cabo de Finisterre, recibe su nombre de tiempos ancestrales. Esta costa era el destino de los sacerdotes druidas que recorrían un largo camino hasta aquí en busca de una muerte alegórica a partir de la cual encontraran sabiduría y conocimiento. Los griegos situaban en esta zona el País de los Muertos. La Historia confirmaba que la presencia de la Muerte rondaba perpetuamente en los acantilados, miles de barcos habían encontrado su fin en este lugar cuando aún el faro no existía y la única forma de alertar a los marineros de la presencia de tierra era mediante pequeñas hogueras en los cabos o haciendo sonar caracolas de mar.
Tras la comida dí un paseo por la zona. La niebla se había disipado, de pronto algo me hizo mirar para otro lado... ¡pero qué cosa tan impresionante! Una luz anaranjada llamaba toda mi atención, el sol estaba siendo literalmente devorado por el mar y contemplando el espectáculo se encontraba atento el Faro del Fin del Mundo, era igual que en las fotos que había visto sólo que más grande. Me parecía mentira que lo estuviera viendo cara a cara, la luz del atardecer le daba un aspecto dorado en contraste con el azul brillante del Atlántico que sobrecogía, y la luna en cuarto creciente que empezaba a asomar bordaba una estampa digna de ser fotografiada.

Preciosa imagen del ocaso tras las aguas gallegas.
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De pronto me sorprendí expectante sentada sobre una piedra, al lado de una inmensa torre octogonal en el extremo más occidental de Europa, mirando el atardecer más extraordinario que había visto en mi vida y realmente pensé que no me gustaría estar en ningún otro sitio más que ahí, contemplando el "Fin del Mundo".
El día siguiente fue más agitado si cabe, visité la “Iglesia de Nosa Señora Das Areas” construida en granito y madera y en la que se guarda la imagen del Santo Cristo de Fisterra. También contemplé el “Cementerio del Fin del Mundo”, un camposanto donde no reposa ningún alma pero que es una auténtica obra de arte del arquitecto César Portela situado en Monte do Cabo y como no, la “Playa de Talón” oculta entre pinares con aguas transparentes.

Cementerio del Fin del Mundo.
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Mi recorrido terminó en la “Ermita de San Guillermo”, hogar de un ermitaño en tiempos prerrománicos del que se decía hacía rituales dirigidos a la fecundidad. De ahí que esta Ermita sea visitada en la actualidad por parejas que quieren concebir hijos.

Ermita de San Guillermo.
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El tercer día habían quitado los piquetes, la huelga de transportistas había dado un respiro y podía continuar mi viaje hacia Vigo. Cuando me dieron la noticia no me alegré, tenía esperanzas de que la huelga se alargase y tener excusa para permanecer más días en este maravilloso lugar. Nunca me hubiera imaginado que en tan poco tiempo mi concepto de aquellas tierras cambiaría tanto.
Un viaje de verano algo accidentado me llevó sin quererlo hasta Finisterre, destino de viajeros de todos los confines desde tiempos inmemoriales que venían a fijar un antes y un después en sus vidas ¿qué diferencia tenían conmigo? ¿Acaso no era yo un viajero más? Un viajero del siglo XXI pero viajero al fin y al cabo.
*FOTOS: img79.imageshack.us, picasaweb.google.com, mascotas.org, foornature.com, templars.files.wordpress.com.
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Publicado el 5 de junio de 2009 a las 00:00 horas.
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