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Masac Tule
Alejandro Muchada Suárez
Aún puedo sentir los tambores dentro de mí. Tam tarata tam… las vibraciones resonaban en nuestro interior; todo el suelo temblaba; todos bailaban. Hoy subimos, con Marta y Manu, los compañeros de la beca de intercambio que hemos conseguido entre las universidades de Sevilla y México D. F., al cerro de la Virgen de los Remedios, en la periferia de la ciudad. Nos habían dicho que se festejaban unas fiestas y que podríamos ver auténticos bailes “indígenas” –creo que hoy será la última vez que use esa palabra-.
Tomamos el camión desde la estación, pasamos por las inmensas barriadas populares de esta ciudad de más de 20 millones de habitantes y un diámetro de 100 kilómetros, y tras subir el cerro a pie, llegamos a la Iglesia de los Remedios.
Llevan varios días de festejos pero quizás hoy domingo, sea el más importante. Cuando arribamos allá, encontramos algunos grupos aztecas que habían empezado con sus ceremonias llenas de atuendos; los había de distintos modos: coloridos, livianos, exuberantes, sobrios. Bailaban en grupos, en el patio que se situaba frente a la iglesia y el claustro, en un reciento cerrado y elevado, al son de los tambores y alrededor de un centro, en el que yacían el cáliz y el incienso.
Desde nuestra ignorancia, no sabíamos por qué estaban allí, por qué bailaban, qué querían expresar. Desde fuera, lo que nos sorprendía era la superposición de creencias y ritos. Los grupos aztecas se iban concentrando en la plaza de piedra, mientras los peregrinos cristianos se amontonaban y hacían cola en la puerta de un precioso claustro arqueado, desde el que se accedía al santuario de la Virgen de los Remedios.
El hall de entrada al santuario estaba compuesto por infinidad de imágenes que
barrocamente colmataban las paredes; la imaginería religiosa es muy fuerte acá en México. En contraposición, a los grupos danzantes aztecas no les acompañaba ninguna imagen, salvo unos estandartes con la imagen tejida de Jesús. Pensé que aquellas religiones, que como el Islam, no manejan ninguna figura, sólo son posibles en sociedades culturalmente muy avanzadas. El tamtam de los tambores, que se adentraba en el cuerpo, también me hizo preguntarme el por qué de que en nuestra cultura europea, danza, música y religión no estuvieran ya vinculadas de una manera tan fuerte y natural, como aquí veía.
Observando a los danzantes, nos sentamos en el suelo. ¡El tamtam se transmitía por él!, y a poco que prestaras atención a tus sentidos, sentías vibrar todo el pecho al ritmo de la Tierra y sentías que esa parte nuestra –no tan física- empezaba a elevarse sin razón.
Después de algunos paseos y muchos mirar, me acerqué al clarinetero de una de las bandas de música que, fuera de lugar, tocaba desacertadamente, no por su música, sino por el momento. Era un hombre mayor, con piel arrugada, muy bien vestido, con una de esas chaquetas azul marino, con hombreras rígidas y adornos dorados. Al preguntarle por los bailes aztecas, me dijo que eran grupos que venían desde muchos lugares a hacer reverencias a la Virgen de los Remedios, en una tradición ya antigua.
Seguimos paseando. Salimos del patio elevado de la iglesia y recorrimos la feria de los alrededores, con miles de pequeños quioscos que por todo el cerro se habían concentrado, y que vendían helados con chile, batidos de guayaba, etc.
Inquietos y emocionados por los bailes y la espiritualidad del lugar, volvimos a la puerta de la iglesia. Esta vez encontramos a un chico joven, que llevaba una flauta azteca. –No llegábamos a comprender que ambas tradiciones se mezclaran de esa manera, entre orquestas, peregrinos y danzantes-.
El joven nos dijo que el cerro era un lugar de gran simbolismo y concentración de energía, y que ése era el motivo por el que los grupos aztecas venían aquí. Nos dijo también que en su opinión, aquellos grupos que llevaban el estandarte de Jesucristo, se estaban equivocando, porque estaban mezclando creencias que no tenían nada que ver.
Sus palabras nos hicieron pensar en que lo que existía no era una mezcla sino una superposición de hilos culturales, religiosos, históricos.
Masac Tule
Pero la tarde no concluyó allí, sino que nos regaló un último encuentro. Íbamos ya de
recogida, habíamos salido del recinto religioso, y caminábamos cerro abajo en dirección a la parada del camión, cuando vimos a un danzante que reposaba junto a un carro. Se llamaba Masac Tule, que significa "Ojos grandes de venado". Tenía el pecho descubierto, el pelo negro, los ojos negros, y la cara, pintada como un antifaz, de negro. Llevaba unas piezas de cuero, y en los pies y tobillos unas botas y los cascabeles, con el que danzan y acompañan a los tambores.
Al verlo, decidí arriesgar y preguntar. Con toda mi arrogante ignorancia, comencé la
conversación diciéndole:
- Perdone que le pregunte, los bailes que están haciendo en la plaza, ¿son danzas
indígenas?
- ¿Indígenas? Me contestó serio. Me miró fijo a los ojos. Supongo que vio a un joven europeo. blanco, que inocente y respetuoso, no era consciente de su propia identidad. Su mirada era penetrante. Sus ojos eran oscuros y estaban irritados, como después del esfuerzo y la emoción del ritual. Me observaba con una fría compasión.
- Son danzas aztecas. Tras un silencio, me preguntó: -¿de dónde eres?
- De España, le dije.
Entonces, no sé cómo lo hizo pero me habló de corazón a corazón, y me dijo: -No te ofendas por lo que te voy a decir- (No titubeaba para nada. No recuerdo que tan siquiera moviera la boca. Mi memoria tan sólo alcanza a ver sus ojos, su mirada y lo que sentí.) Continuó:
- Hace 500 años tus antepasados vinieron acá e hicieron muchas atrocidades a mi pueblo, mataron a mucha gente. Pero entonces nos revelamos, y por dos veces derrotamos a Hernán Cortes aquí mismo –señalando el suelo-, donde lloró amargamente. Luego nos conquistaron, y construyeron esa iglesia que estás viendo con los resto de una pequeña pirámide que habían destruido. Pero todo este Cerro que aquí ves, todas estas calles, desde abajo hasta la cima, es la pirámide más grande del mundo, más incluso que la de Keops. Por eso nos reunimos acá, no es para venerar a ninguna Virgen sino porque este es nuestro sitio, y en este lugar santo, han bailado todos mis antepasados, desde tiempos inmemoriales hasta
- Claro! -seguí desde mi ignorancia-. Es que eso era lo que no comprendíamos… ¿por qué veneran a una Virgen si los aztecas tienen sus propios dioses?
- No. Nosotros sólo tenemos un Dios, que es el mismo que el vuestro y que el de todo el mundo, salvo que con distinto nombre. Los demás son sólo representaciones del fuego, la luna. Lo que pasa es que los antropólogos no tienen ni idea de lo que realmente es.
Tras otro silencio impasible ante mi vergüenza –histórica, intelectual-, le pregunto de nuevo:
- Pero y entonces ¿ésos que llevan los estandartes?
- Ésos son por cuestiones de poder, me contestó. Lo llevan pero no creen en eso. Son
secretos. No hay confusiones. Toda esta gente viene aquí para reunirse con la madre Tierra.
*FOTO PORTADA: www.luxuriousmexico.com
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