Volver a Santiago de Compostela es volver a la paz. Hace siglos que la ciudad vive el eterno ritmo de los lugares casi sagrados, sitios que fueron tocados por una vara mágica, quien sabe por quien o por que, y que siguen a día de hoy envueltos en esa extraña quietud que mana de las piedras perfectas, que en Santiago se juntaron para evidenciar un arte sublime y total. Sus calles son exposiciones al aire libre, las plazas se arremolinan entre callejas y callejas, y toda la ciudad parece sumida en una calma de milenios, tal vez por que allí no existen las prisas, tal vez porque es el destino final del Camino más famoso del mundo.
En 1985 la UNESCO declaró a Santiago de Compostela Patrimonio Cultural de la Humanidad, y su Catedral, espléndida, albergue de los sueños de tantos peregrinos, es el mayor exponente de su patrimonio artístico. El Pórtico de la Gloria o el Botafumeiro son sólo algunos de sus innumerables tesoros.
La Plaza del Obradoiro, dominada por la Catedral, también acoge dos de los edificios más importantes de la ciudad: el Palacio de Raxoi, sede del Ayuntamiento, y el Hostal de los Reyes Católicos, antiguo hospital de peregrinos convertido en parador nacional.

Imagen de Santiago de Compostela.
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Pero la esencia de Santiago vive en cualquier piedra de la ciudad. Sus hermosas plazas, la de la Quintana, la de las Platerías, la de Cervantes, son el ejemplo de una perfecta armonía que se acumula de manera sorprendente.
Pero además de su importante legado, Santiago es una capital moderna, llena de cultura, espectáculos, artesanía y como no, buenísima gastronomía. Un rincón de la lejana Galicia para descubrir lentamente, gozándolo en todas sus magnéticas vertientes.